El 14 de Enero de 1986 en algún lugar del desierto de Mali, una duna acabó con un soñador. La verdad es que todos los días perdemos soñadores, unos más famosos y otros menos, unos con más éxito en sus sueños y otros menos; pero el soñador que falleció ese día era uno de los que llamamos especiales, de esos que consiguen transmitir ese gusanillo a quien se cruza con él; murió Thierry Sabine, el creador del Dakar.
Lo cierto es que el sueño fue fruto de un error o un despiste; en 1977 mientras Sabine disputaba el Rally Costa de Marfil-Costa Azul se equivocó de ruta. Durante dos días, el francés estuvo perdido en el desierto del Teneré. Dos días después de que fuera considerado “perdido” un equipo de rescate consiguió dar con el paradero del galo y auxiliarlo.
Podía haber sido el punto final de las aventuras africanas del joven Thierry; sin embargo fascinado por los paisajes en los que estuvo perdido, tomó la firme decisión de organizar una carrera por aquellos lugares donde tuvo su vivencia extrema. Ideó un recorrido que, partiendo de Europa recorriese Alger y Agadez, acabando en Dakar. “Un desafío para aquellos que parten, un sueño para los que se quedan”; de esta manera Sabine seducía a los potenciales participantes, a la vez que creaba una fuerte expectación.
Dos años hubieron de pasar hasta que se pusiera en marcha el sueño del francés. La quimera había tomado forma, pasó de la imaginación de un “loco” motero enamorado del desierto, a una prueba con fuerte componente romántico que nos hacía rememorar las historias de Laurence de Arabia; una carrera extrema en un medio inhóspito. Off road con mayúsculas.
El 26 de Diciembre de 1978, 182 vehículos pilotados por soñadores como Sabine se dieron cita en la plaza del Trocadero. 10000 kilómetros les separaban de la meta; Dakar. Días más tarde Cyril Neveu, un francés a lomos de una Yamaha 500 XT, se hizo con el primer entorchado de la prueba. Sólo 74 participantes habían sobrevivido al rally más duro del mundo. El sueño tenia ganador, el soñador tenia pupilo; una carrera de leyenda acababa de dar sus primeros pasos en firme. Los románticos que habían conseguido acabar la prueba eran un grupo heterogéneo, que unía profesionales y amateurs en un espíritu de aventura; el hermanamiento de dos grupos tan dispares venia de la mano de las arenas del desierto.
Sin embargo, no todo eran sueños y risas; Patrick Dodin había visto el rostro de la Medusa, la cara más amarga de una carrera de aventura que acababa de dar sus primeros pasos. Había inaugurado una de las listas más macabras de cuantas puedan recordarse; la lista de fallecidos que se cobraría el Dakar.
La prueba conquistaba los corazones de los aficionados a la vez que maravillaba a los profesionales. Los sobrenombres unidos a las hazañas corrían en Francia como la pólvora; una prueba llena de franceses que se adentraban en el desierto únicamente con sus “cacharros”. De entre todas ellas destacaba en los primeros años Hubiert Auriol, “el africano”, sobrenombre con el que se le empezaba a conocer.
Los moteros y los automovilistas participaban con sus vehículos preparados por ellos mismos; muchos de forma artesanal, con un ingente trabajo de ingenio e improvisación, estrujaban sus mentes para hacer frente al desierto.
Pero es en 1983 cuando la leyenda del Dakar toma forma. La sola visión del desierto donde Sabine se había perdido fascinó a los participantes, sin embargo, este sería una trampa para ellos. Una tormenta de arena dio al traste con los planes establecidos y el caos reinó en la prueba. La arena en suspensión de la tormenta desorientó a más de 40 pilotos que llegaron a invertir cuatro días en recuperar la senda y volver a la carrera. El paso definitivo había sido dado, la prueba entraba en el libro mágico de los sueños románticos.
La carrera se consolidaba a pasos agigantados, a la vez que aumentaban su repercusión y su leyenda. El éxito acompañaba a Sabine y el sueño que tuvo mientras se encontraba perdido se había convertido en el sueño de miles de personas.
Pero 1986 iba a ser un año negro en la prueba. El helicóptero en el que viajaba el galo se dedicaba a supervisar el funcionamiento normal de la carrera, cuando una tormenta de arena sorprendió al piloto que durante un momento del vuelo se dedicó a seguir las luces de un coche. El piloto no alcanzó a comprender, entre la arena que envolvía al aparato, que aquellas luces que veía no circulaban en una llanura si no que ascendían. La tragedia se cebaba con la prueba, su creador, el soñador francés amante del desierto perecía por un desgraciado accidente. La prueba quedaba huérfana, lloraba la muerte de su progenitor.
Quizá siguiendo aquella máxima de “el show debe continuar”, el padre y un amigo de Thierry se hicieron con las riendas de la prueba. Las cenizas de aquel bendito “loco” se esparcieron por los parajes que se quedaron con su corazón apenas unos nueve años antes. Junto a un árbol, una placa recuerda lo que fue y nunca debió ser; la muerte de aquel que nos dio un sueño.
Por Pablo Quintana. Sígueme en Twitter como @Pablotana24.
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