Cuando a uno le proponen que escriba sobre Carlos Checa recuerda los grandes momentos que nos ha dado, las intensas carreras con las que nos ha obsequiado y ese carácter cercano para los aficionados; sin embargo uno apenas recuerda los comienzos de este gran piloto.
Pareciera que Checa nació en un box y apenas salido del seno de su madre accedió a una moto y se dispuso a rebajar los tiempos en uno u otro circuito; toda una vida vinculada al mundo de las dos ruedas.
Checa es uno de los pilotos de la “vieja guardia”, de aquellos que compitieron con las indomables dos tiempos donde los controles de tracción y el inexistente uso de la electrónica hacían de la puesta a punto y la conducción un trabajo de artesanos y artistas; de hombres con una sensibilidad especial con la que aplican a esa rosca diestra que nos tatúa una sonrisa en la cara, el recorrido necesario para dibujar una trazada perfecta.
Carlos compitió con los pilotos más grandes; se enfrento con Rossi y con Biaggi en luchas que recordaremos de forma eterna, pues dejaron un poso imborrable en nuestra memoria; le discutió a Roberts durante gran parte de la temporada, aquella flor de un día que fue, su victoria en el Campeonato del Mundo de 500cc; peleó a brazo partido con pilotos tan espectaculares como Gary Mac Coy, aquel “chiflado” australiano que era capaz de dejarnos boquiabiertos con su conducción aparentemente despendolada, o tan efectivos como Rossi.
Durante largo tiempo el catalán fue el fiador de sí mismo, se prestó la confianza necesaria para poder seguir en este circo en el que los lobos acosan a la más débil de las presas de la manada; a los últimos pilotos en cruzar la bandera de cuadros. Momentos duros que se superaron y hoy solo son un mal recuerdo casi olvidado apenas borroso en una realidad muy favorable.
Su talento, su entrega y su trabajo han conformado en el envoltorio del siempre “bienhumorado” catalán, un nuevo campeón del mundo de Superbikes; al Cesar lo que es del Cesar. Esta es su historia.
Algo más de 39 años y medio contemplan toda la vida de Carlos dedicada al mundo de la moto. La pasión que demostró desde niño por aquella Mecatecno que su padre le regaló con diez años apuntaló una entrega a un talento que marcaría para siempre su experiencia vital.
Su primera carrera estuvo auspiciada por un grupo de amigos con quien compartía afición. Con paso firme Carlos se mostraba como un piloto serio y confiable de fuerte carácter que buscaba una oportunidad.
Carreras con Honda, Rieju e incluso una moto artesanal de nombre Viali fueron sus primeros pasos en el circo de las dos ruedas.
Los resultados no tardaron en llegar, no era extraño habida cuenta del talento que mostraba el catalán. En su primera participación como wildcard en un gran premio de Europa finalizó séptimo tras una dura pugna con Aspar y Gianola. Dos talentos que se enfrentaban en una pista; en ese momento no conocían el futuro prometedor que a ambos les esperaba.
Aquel piloto invitado, desconocido para la mayoría de aficionados, había cosechado un resultado notable; los ojeadores focalizaban su atención en Carlos. El destino le buscaba para darle buenas noticias; el equipo Pit-Lane le ofrecía la posibilidad de acabar el campeonato con una montura de más garantías.
El catalán firmaba en el libro de los elegidos, competiría con una montura mejor que la que poseía y su equipo resultó estar tan satisfecho con aquel desconocido que le ofreció renovar por un año más; año en el que se consolidó como el mejor piloto privado del campeonato.
Después de un lapso temporal de un año en la categoría de 250 centímetros cúbicos, el azar brindaría a Carlos una oportunidad de oro. Una oportunidad a la que debía aferrarse para seguir en esta profesión; la caída y consecuente lesión de Alberto Puig le encaramó sobre la NSR 500 del anterior cediéndole una oportunidad soñada.
Continuaría en el equipo Honda Pons hasta 1998; fue ese un año especialmente duro en la carrera de Checa. El momento más duro de su vida. Carlos se caía con fuertes consecuencias en el circuito de Donington Park; se temía por su vida. La tragedia le buscaba y la muerte bordeaba su cama en busca de un nuevo piloto con el que manchar la historia de este deporte.
Sin embargo, el espíritu luchador del catalán no pudo sino vencer a la parca ofreciéndose a una vida en la máxima categoría del motociclismo mundial. Pero no se camina en el filo de la navaja sin pagar un peaje y el piloto hubo de sufrir para mantenerse con vida; le tuvieron que extirpar el bazo y luchó denodadamente con un coágulo que le impedía seguir viviendo. La victoria nos daría un campeonato del mundo en el futuro.
Recuperado del amargo trago; Checa fue capaz de alzarse de nuevo a lomos de su Honda para cosechar un cuarto puesto definitivo en el mundial, que le valdría un cambio de montura hacia la fábrica de Iwata donde asumió el difícil reto de desarrollar la nueva montura de Yamaha.
Pero aquel nuevo desafío era más complicado de lo que pareció en un primer momento. Gozaría de una moto oficial con un piloto de gran talento como compañero de equipo, este no era otro que el italiano Biaggi; sin embargo la moto no se adaptaba a la forma de pilotar de Carlos sumándose más problemas si cabe a un duro contexto. La coyuntura lo examinaba de forma contínua.
Sin embargo el año 2000 empezó con buen pie. Los primeros resultados auguraban una lucha a brazo partido entre Roberts y Checa, llegando a estar empatados a puntos hasta el diluvio de Cataluña. El fin de semana de la carrera se desarrolló en una perpetua inundación de un circuito que supuso una trampa mortal para el catalán; desde entonces su rendimiento menguaba a la vez que sus problemas con la montura nipona se incrementaban. No fue un buen año para Carlos.
El canto de cisne de una época superada en la que las monturas de 500cc y dos tiempos serían sustituidas por las nuevas cuatro tiempos marcaba el paso de la actualidad. El cambio de ciclo; la renovación de la categoría suponía un cambio en cuanto a conducción y condiciones, pero antes el catalán acarició la posibilidad de ganar la última carrera de los dos tiempos, la última posibilidad de ganar con una moto mítica. Solo West se interpuso entre el puesto más alto del cajón de Rio y Carlos.
Una despedida amarga, un mal trago en un adiós.
2002 fue un año complicado para Checa; un buen inicio de temporada donde se mantuvo tercero por detrás de las Hondas de Rossi y Ukawa era simplemente una cortina de humo. De nuevo la mala suerte se cebaba con él, y una serie de reveses le impidieron cosechar mejores resultados.
Los años siguientes fueron duros, los resultados no llegaban, las actuaciones se empañaban con caídas y problemas mecánicos, las motos punteras se mostraban intratables y Yamaha no daba con la tecla. Fueron años para olvidar.
Pero la llegada de 2005 fue providencial para Checa. Ducati depositó su confianza en el piloto catalán. El inicio de la temporada de la marca de Borgo Panigale no fue todo lo competitiva que se esperaba; los resultados se harían esperar hasta la mitad del campeonato, momento en el cual la marca pudo ofrecer a sus pilotos una moto con un mayor grado de competitividad.
Su compromiso en el desarrollo y los buenos resultados a final de temporada no le valieron la renovación. Un desconocido, por los malos resultados obtenidos ese mismo año, Sete Gibernau le sustituiría.
Fue un duro golpe para Carlos, perdía una montura con proyección para hacerse con una Yamaha satélite con neumáticos Dunlop, diferentes a los que usaban el resto de competidores. Los resultados no cuajaban y las malas actuaciones a causa de una moto con una escasa competitividad hicieron que se despidiese de la marca de los diapasones, para en 2007 hacerse un hueco en el LCR Honda de Lucio Cecchinello.
Sin embargo, tampoco en esta etapa los resultados le acompañarían; Honda no dio con la clave en el desarrollo de su nueva 800 y hubo de establecer un desarrollo intensivo para su equipo oficial, condenando al ostracismo a los equipos satélite.
La combinación con unos neumáticos Michelin que se mostraron muy inferiores a los Bridgestone que calzaban algunos de sus rivales, terminaron por desanimar y marcar un punto de inflexión en la carrera de un piloto, que en ese momento estaba a punto de tomar una difícil decisión.
Su salida de MotoGP era una constante en sus pensamientos; la posibilidad de disfrutar de una moto de máximas garantías en el Campeonato del mundo de SBK donde existía una menor repercusión mediática acabó por convencerle.
Abandonaría MotoGP para hacerse con una Honda oficial aún a riesgo de perder un status que lo acreditaba como uno de los integrantes de la élite. Se enfrentaba a su Waterloo personal.
He de confesar que como muchos aficionados, pensé que Carlos simplemente había tomado un camino diferente. La decisión de correr en el campeonato del mundo de Superbikes, considerado muchas veces el hermano pequeño del mundial de motociclismo, suponía un paso atrás para un piloto que no pudo desarrollar su talento de forma plena. Un gran error el nuestro, y en el recuerdo llevamos la penitencia.
El paso al campeonato no suponía un paso atrás en su carrera; más bien era un paso lateral. Una forma de demostrar que seguía siendo competitivo; que era capaz de asombrarnos con unas carreras dignas del talentoso piloto que recordábamos.
Pero su marcha a este campeonato no supondría un gran sacrificio en su forma de conducción; los grandes deportistas cambian con facilidad y la metamorfosis a la que se vio sometido fue una muestra más de su talento.
Aterrizaba en un campeonato diferente donde habría de luchar codo con codo con pilotos mucho más jóvenes que él, acostumbrados a lidiar con las motos con las que competiría. Carlos abordaba el reto con un déficit de edad, lo que no era óbice para que mostrase una capacidad de superación mayor que la de un piloto más joven.
Su impostada juventud nos sorprendió a todos. El su favor contaba con el cúmulo de experiencias que le había aportado su paso por MotoGP y una motivación ilimitada por enfrentarse a un reto diferente.
La juventud descarada se vería superada por la artificiosa lozanía del catalán. Despreció con buen criterio las voces que afirmaban que SBK apenas se había convertido en un cementerio de elefantes, de viejas glorias que apuraban sus últimos días de talento peleando con jóvenes, en una permanente “crisis de MotoGP”.
Desde aquel 2007 en el que entró en la estructura de Honda hasta ahora, varias victorias rubricaron su talento, primero a manos de una Honda CBR 1000 RR y posteriormente con la montura con la que ganaría el campeonato del mundo; la Ducati 1198.
Con esta, conseguiría obtener el sello dorado a un curriculum que esperamos no deje de incrementarse; se coronaba como Campeón del Mundo de Superbikes dominando un campeonato en el que su fuerza y su talento no encontraron rival a su altura.
Por fin, el legendario 7 con ciertos rasgos de toro se combinaba con el 1 en su carenado; una recompensa tardía para un trabajo incansable. Una lucha incansable que coronó en victoria. La victoria del “currante de la moto”.
Gracias por demostrarnos que nunca diste un paso atrás en tu carrera. Esta es la grandeza del motociclismo, que es capaz de dar una segunda oportunidad a un viejo rockero honrado en su talento y generoso en su esfuerzo.
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